Asalto a Pozo Dragón
Storming of the Dragonpit
El asalto a Pozo Dragón fue el estallido de furia del pueblo de Desembarco del Rey contra los propios dragones, en mitad de la guerra civil conocida como la Danza de los Dragones. Durante dos noches la ciudad ardió por voluntad de su propia gente, azuzada por un predicador que juraba que solo matando a las bestias se librarían del fuego que se les venía encima.
Lo que ocurrió esa noche dentro de la cúpula cambió para siempre el equilibrio entre los Targaryen y la ciudad que gobernaban.
Capítulo 1
El Último Día
130 d.C.Solo en los libros
La noche siguiente al suicidio de la reina Helaena Targaryen, el miedo prendió como un incendio entre los habitantes de Desembarco del Rey. Los disturbios arrancaron esa misma noche: la turba derribó la Puerta del Río a su paso y acabó con Ser Luthor Largent y los quinientos capas doradas que acudieron a detener al Pastor. El propio predicador logró escapar entre la confusión.
Al amanecer la mayoría se dispersó, pero regresaron al anochecer siguiente, más numerosos todavía — la jornada que el gran maestre Munkun bautizaría como el Último Día. El Pastor volvió a subirse a un tablado en la Plaza del Zapatero para hablarle a sus «corderos»: cuando llegaran los dragones, dijo, ardería la ciudad entera, y ni rezos ni el Desconocido podrían frenarlos. Solo había una salvación posible, sostuvo, y pasaba por matar a las bestias encerradas en Pozo Dragón.
Desde lo alto del Torreón de Maegor, Rhaenyra Targaryen seguía los sucesos junto a sus dos hijos y sus hombres de confianza. Había mandado jinetes a la Puerta Vieja y a Ser Garth el Leporino a la Puerta del Dragón para atrapar al Pastor y poner a salvo a los dragones, sin saber todavía si habían llegado a tiempo. El joven Joffrey pedía montar para defender a las bestias; su madre se lo negó — necesitaba cada espada disponible para sostener la Colina Alta de Aegon, ya perdida la de Rhaenys.
Joffrey no obedeció. Bajó al patio, soltó a Syrax, la dragona de su madre, y voló sobre la ciudad — nadie sabe si buscaba unirse a la defensa o llegar hasta su propio dragón, Tyraxes, encerrado en el Pozo. No consiguió sostenerse sobre el lomo de la bestia: cayó desde doscientos pies de altura sobre Lecho de Pulgas. Los caballeros que Rhaenyra envió a buscarlo — Medrick Manderly y Gyles Yronwood entre ellos — llegaron cuando la multitud ya despedazaba su cuerpo; recuperaron todos los restos salvo un pie.
Capítulo 2
La cúpula en llamas
130 d.C.Solo en los libros
La Guardia de la Ciudad salió de sus cuarteles junto a la Puerta del Dragón para defender la Colina de Rhaenys, pero la marea humana los desbordó. Menos de cincuenta Guardianes de los Dragones quedaban para proteger el propio Pozo cuando la multitud derribó a golpes de ariete y hacha las puertas menores de roble y hierro; otros treparon por las ventanas. No sobrevivió ninguno de los guardianes.
Dentro, los cuatro dragones encadenados se despertaron entre el estruendo, furiosos e incapaces de volar. Se defendieron con cuernos, garras y dientes, y el fuego que soltaron convirtió el recinto en una hoguera. Shrykos cayó primero: Hobb el Talador se encaramó a su cuello y le partió el cráneo a hachazos — siete golpes, según cuenta el septón Eustace. Después murió Morghul, atravesado en el ojo una y otra vez por la lanza del Caballero Ardiente, que se internó en la propia llama del dragón hasta arder con él.
Tyraxes quemó a cuantos se acercaban a la boca de su guarida hasta amontonar cadáveres frente a la entrada, pero el Pastor mandó a los suyos por la puerta trasera: el dragón se enredó en sus propias cadenas y la muchedumbre acabó con él, para después arrancarle las membranas de las alas y coserlas en capas. Sueñafuego, la última en soltarse de sus ataduras, alzó el vuelo dentro de la cúpula y mató a más hombres que los otros tres juntos, hasta que una saeta de ballesta le reventó un ojo. Medio ciega, se estrelló contra el techo de piedra: la cúpula se partió y media bóveda se le vino encima, enterrándola junto a quienes la atacaban.
Nadie ha podido contar a los muertos de esa noche. Se habla de cientos, puede que de miles, y de muchos más heridos que sobrevivieron.
Capítulo 3
La caída de Syrax
130 d.C.Solo en los libros
Cuando la cúpula terminó de derrumbarse, el asalto ya había acabado — pero no la matanza. Syrax, la dragona que el propio Joffrey había soltado horas antes, descendió sobre los supervivientes que salían a rastras de entre los escombros humeantes y los devoró a dentelladas y zarpazos, en vez de quemarlos desde el aire. Champiñón describió el griterío como «un millar de chillidos» mezclados con el rugido de la bestia; la Colina de Rhaenys pareció coronarse de fuego, tan brillante que parecía amanecer de noche.
Rhaenyra lo presenció todo desde el Torreón de Maegor, con su único hijo que le quedaba con vida apretado contra el pecho, hasta que Syrax cayó también. Sobre cómo murió, ni siquiera coinciden los cronistas: el gran maestre Munkun atribuye la muerte a Hobb el Talador, aunque el archimaestre Gyldayn lo pone en duda — le cuesta creer que un solo hombre matara a dos dragones la misma noche y del mismo modo. Otros hablan de un lancero anónimo, «un gigante empapado en sangre», o de Ser Warrick Wheaton, que habría cercenado un ala con una espada de acero valyrio. Un ballestero se atribuyó el mérito durante años, hasta que uno de los leales a Rhaenyra, harto de la historia, le cortó la lengua.
Gyldayn cree posible que todos ellos, menos Hobb, tuvieran alguna parte en la muerte de la dragona. Pero la versión que más se repite en las tabernas de Desembarco del Rey es otra: la del Pastor plantándose solo frente a Syrax, invocando a los Siete hasta que el propio Guerrero tomó forma — treinta pies de altura, una espada de humo que se volvió acero en su mano. Hasta el septón Eustace la recoge en su crónica, y los juglares llevan cantándola desde entonces.
Capítulo 4
La huida de Rhaenyra
130 d.C.Solo en los libros
La pérdida de su dragón y de Joffrey dejó a Rhaenyra deshecha — según Champiñón, inconsolable. Sus consejeros coincidieron en algo que ella se resistía a aceptar: Desembarco del Rey estaba perdido para su causa. La convencieron de partir.
Al día siguiente, de mala gana, Rhaenyra abandonó la ciudad con los pocos leales que le quedaban y con Aegon, su único hijo vivo. Tras un viaje penoso llegó a Rocadragón, su propio castillo — donde la gente de Aegon II Targaryen, que llevaba semanas haciéndose con la fortaleza, la esperaba para apresarla.